
La expansión de la inteligencia artificial exige centros de datos cada vez más grandes, con un consumo elevado de energía y sistemas de refrigeración capaces de mantener sus servidores a temperaturas adecuadas. Ante ese desafío, la empresa DeepGreen Holdings propone una solución poco convencional: instalar centros de datos bajo el agua, donde el entorno podría facilitar la refrigeración. Sin embargo, los emplazamientos planteados han despertado preocupación por sus posibles efectos sobre especies de ballenas en peligro de extinción.
La compañía ha propuesto invertir 100 millones de dólares en instalaciones frente a Western Passage, en Maine, y Upper Cook Inlet, en Alaska. Según el plan, los proyectos ocuparían unas 1.650 acres e incluirían 66 módulos informáticos y 300 turbinas mareomotrices.
La ubicación es el principal motivo de alarma. El golfo de Maine está conectado con hábitats fundamentales para la ballena franca del Atlántico Norte, mientras que Upper Cook Inlet es un hábitat crítico designado para la beluga de Cook Inlet, una población amenazada.
### Ruido y calor: dos riesgos para la vida marina
Las ballenas dependen de la ecolocalización para orientarse, buscar alimento y comunicarse. La construcción y operación de instalaciones submarinas de esta escala podrían generar ruido capaz de interferir en esas actividades. En poblaciones ya vulnerables, cualquier alteración adicional podría agravar los riesgos existentes.
También preocupa el calor que liberarían los centros de datos. Investigadores citados por medios de comunicación han advertido que el aumento de la temperatura local podría desplazar a las presas de aguas frías de las que dependen las ballenas para alimentarse.
Las objeciones no se limitan a los especialistas. Cooper Freeman, del Centro para la Diversidad Biológica de Alaska, expresó una profunda preocupación por los posibles daños del proyecto y señaló que la propuesta no parece tener suficientemente en cuenta los riesgos para el ecosistema de la ensenada.
Además, algunas personas cuestionan si los centros de datos submarinos son viables a largo plazo, en particular por la durabilidad y el mantenimiento del equipo bajo el agua. Estas dudas se suman al debate sobre el impacto ambiental de la infraestructura necesaria para satisfacer la creciente demanda de computación de IA.
Instalar centros de datos bajo el mar puede parecer una forma ingeniosa de aprovechar la refrigeración natural y reducir ciertas exigencias operativas. Pero la eficiencia no puede evaluarse al margen de sus consecuencias ecológicas. Si una solución amenaza hábitats esenciales para especies en peligro, será necesario estudiar alternativas y demostrar que los riesgos pueden evitarse antes de avanzar con los proyectos.
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