
Escuchar la música que alguien dice que es importante para él o ella es un acto de empatía y apertura. Cuando esa canción se comparte, se abre una ventana a un mundo privado, y esa ventana merece el mismo cuidado que una foto o un recuerdo preciado. En esencia, la música se convierte en una llave que nos permite conocer mejor a la persona que amamos.
La relación con la música de mi madre fue un mapa de afectos, un compendio de vehículos, canciones y momentos que se fueron entrelazando a lo largo de nuestra vida. En los viajes en coche hacia la clase de ballet, la radio y las cintas que ella coleccionaba eran el pulso de nuestra rutina, y allí, entre guitarras y coros, aprendí a leer quién era ella sin necesidad de palabras.
Con el tiempo descubrí que sus gustos eran aún más profundos de lo que parecía. Aunque conocía a los artistas que respetaba—Eric Clapton, Joplin, Prince, The Hollies, Led Zeppelin, Bowie, Springsteen, Fela Kuti—también había un universo paralelo de descubrimientos actuales que había ido atesorando en CDs comprados en tiendas de segunda mano. Esa capacidad de escuchar, de ampliar horizontes, decía mucho de su carácter: generosa, curiosa e inquisitiva.
El vínculo entre ella y la música se volvió más tangible tras la pérdida de mi hermana menor en 2021. En ese duelo, la distancia entre Londres y donde ella vivía se convirtió en una frontera que, paradójicamente, fortaleció nuestro lazo. Cuando nos quedamos sin palabras, la música habló por nosotras, y ese idioma compartido nos dio una forma de atravesar la ausencia.
Nunca llegué a decirle adiós de la forma que imaginábamos, pero cada vez que vuelvo a aquella camioneta y enciende el CD, siento su presencia. En la experiencia de escuchar, de recorrer las canciones que ella guardaba en el coche—de Hootie & the Blowfish a Santana, de The Beatles a Wu-Tang—aprendí que la música puede ser un acto de conversación con quienes ya no están, una terapia de duelo que acompaña y guía.
Hoy, el coche de mi madre se convirtió en un santuario rodante. Al volver a encenderlo, descubrí que el reproductor de CD no estaba donde lo recordaba y que ella había preparado, sin decírmelo, un regalo de memoria: un mundo de CDs apilados con cuidado, cada uno contando una historia. El hallazgo fue una revelación: la música que parecía simple se había convertido, en realidad, en un archivo emocional que me sostiene y me guía.
La experiencia va más allá de las canciones: es una invitación a conversar con los vivos y los Ausentes. Cuando escucho sus temas favoritos, la voz de mi madre parece susurrar respuestas a las decisiones que tomo. No se trata solo de conservar objetos, sino de conservar hábitos de cuidado: escuchar, recordar y, sobre todo, vivir plenamente.
La idea central es simple y profunda: la música es un bien no negociable. Necesitamos letras que nos hagan pensar, progresiones que nacen de la necesidad de expresar lo que gira en la cabeza y el corazón, y significados que resisten el paso del tiempo. Los CDs físicos, aunque denotan desgaste, son cápsulas de momentos que aún pueden enseñarnos a vivir mejor. Y así, con el coche lleno de recuerdos y la radio encendida, sigo conduciendo, permitiendo que la memoria guíe mi camino.
Este viaje emocional ha llevado a que conserve a Hidders, el coche que acompaña a la memoria como un compañero fiel. No lo venderé; su valor es de otro tipo: es un archivo de vida, una forma de conversar con quienes ya no están y, a la vez, con quienes aún caminan a mi lado. He heredado su colección de discos para seguir hablando con mi hermana, para sostener a quienes quedan, y para honrar a mi madre —con su gusto exquisito y su curiosidad que nunca dejaron de sorprenderme— cada vez que giro la llave.
La música no es solo un recuerdo; es una forma de hacer frente al dolor, de mantener viva la conexión con los seres queridos y de elegir, cada día, vivir con libertad y amor. Si alguna vez te preguntas qué decirle a alguien que ha partido, haz lo que hizo ella: escucha con atención, comparte lo que tienes, y, sobre todo, di: te amo. Así, las canciones continúan, y con ellas, la presencia de quienes ya no están permanece en cada kilómetro recorrido.
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