
La conversación sobre el uso del VAR (Video Assistant Referee) en el fútbol contemporáneo ha dejado de ser un tema marginal para convertirse en un eje central de la estrategia tecnológica de las ligas y las federaciones. En este contexto, las palabras de Armando Archundia, figura emblemática del arbitraje mexicano, arrojan luz sobre el alcance real de la adopción del VAR a nivel mundial y las implicaciones para el desarrollo del juego en cada país. Según Archundia, “solamente el 20% de los países que participan en esta Copa del Mundo cuentan con VAR en sus competiciones nacionales”. Si se toma esa cifra como referencia, surge una pregunta clave: ¿qué significado tiene este desfase para la calidad arbitral, la experiencia de los aficionados y la credibilidad del torneo global más visto del planeta?
En primer lugar, es imprescindible entender que la implementación del VAR no es un fin en sí mismo, sino un medio para reducir errores claros y evidentes que pueden alterar el resultado de un partido. En ligas donde el VAR está plenamente integrado, se observa una mayor consistencia en las decisiones críticas: penales, goles anulados por offside y expulsiones. Sin embargo, la efectividad del sistema no solo depende de la tecnología, sino también de la formación, la protocolos de revisión y la consistencia de la aplicación. Archundia señala una verdad pragmática: la equidad en el arbitraje requiere inversiones continuas, no solo puntuales, y un marco regulatorio que permita ajustes ágiles ante las situaciones que evolucionan en el campo de juego.
La cifra compartida por Archundia —que aproximadamente una quinta parte de los países participantes en un Mundial cuentan con VAR en sus competiciones nacionales— también ilumina las brechas estructurales a las que se enfrentan las federaciones y las ligas emergentes. La disponibilidad de tecnología avanzada suele ir acompañada de costos de software, hardware, mantenimiento, y de capacitación de árbitros y oficiales de VAR. En muchos casos, la barrera no es solo financiera; es institucional: se requiere una cultura de revisión, protocolos estandarizados y un ecosistema de apoyo que garantice decisiones consistentes en un conjunto de ligas con diferentes ritmos y calendarios.
Desde una perspectiva de desarrollo del fútbol, la adopción del VAR puede actuar como un catalizador para elevar el estándar arbitral, pero debe ir emparejada con una estrategia de formación continua y un proceso de evaluación transparente. Las ligas que han avanzado en este sentido han logrado no solo reducir errores percibidos, sino también generar una mayor aceptación por parte de jugadores, entrenadores y aficionados. Esto, a su vez, fortalece la legitimidad de las competiciones y mejora la experiencia de ver el juego en su conjunto.
Para México y otras federaciones con desafíos similares, la lección de este análisis es doble. Por un lado, la inversión en VAR debe contemplar un plan de implementación progresivo, con fases claras, métricas de rendimiento y mecanismos de retroalimentación para corregir deficiencias. Por otro, la comunicación con el público debe ser transparente: explicar cuándo y por qué se toma una decisión, y cómo se corrige ante posibles errores, fomenta la confianza y reduce la frustración entre los espectadores.
En conclusión, las palabras de Armando Archundia nos invitan a mirar más allá de la tecnología para enfocarnos en la estructura, la capacitación y la gobernanza que sostienen a cualquier sistema de arbitraje moderno. El VAR tiene el potencial de transformar la experiencia de un partido y la percepción del deporte, pero su verdadero valor se materializa cuando se acompaña de un compromiso sostenido con la calidad, la consistencia y la claridad en la toma de decisiones. Mientras el porcentaje de países que cuentan con VAR en sus competiciones nacionales siga siendo un dato revelador, el objetivo real es crear un marco global donde cada liga, independientemente de su tamaño o ingresos, tenga la capacidad de avanzar hacia un arbitraje más justo y confiable.
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