
Alexandra Surkova no busca la foto perfecta; busca la historia que nace cuando un lince ibérico levanta la vista entre la maleza y la luz del amanecer. Su trayectoria, marcada por la curiosidad científica y la sensibilidad artística, la ha llevado a recorrer rincones remotos de la Península Ibérica, donde cada sesión de fotografía es un acto de observación y respeto.
Todo comenzó con un cuaderno de campo, una cámara de segunda mano y largas caminatas por los bosques de la región. Su objetivo no era la fama, sino entender el lenguaje de la fauna: los parpadeos, las orejas que se mueven, la forma en que el cuerpo se estira para alcanzar una rama. Con cada sesión, aprendía a leer los signos de ánimo de los animales y a anticipar, sin invadir, sus movimientos.
El lince ibérico, icono de la biodiversidad peninsular, es una especie esquiva que depende de hábitats específicos: matorral, encinas y áreas de mosaico entre bosque y campo. Alexandra se ha propuesto retratar su vida sin perturbaciones, creyendo que la belleza de sus imágenes nace de la paciencia y la observación prolongada. Su obsesión por la luz de los amaneceres y las últimas sombras de la tarde le ha permitido capturar momentos únicos: una hembra que emerge de la niebla de Doñana, una cría curiosa que asoma tras un matorral, el juego fugaz de una mirada que parece preguntarse si somos amigos o extraños.
Para ello, utiliza teleobjetivos de largo alcance, de 300 a 600 mm, a veces con teleconvertidores. Emplea refugios camuflados y sí, espera durante horas, a veces días, a que el lince se muestre. Pero nunca rompe el ritmo de su mundo: mantiene distancia, evita cualquier interacción que pueda alterar su comportamiento, no alimenta ni busca provocar la curiosidad de manera artificial. Cada disparo es un acuerdo con la criatura: una imagen que no perturba su vida, una historia que no exige más de lo necesario.
Las imágenes de Alexandra han llegado a exhibiciones, revistas y plataformas de conservación. Más allá de la estética, cada fotografía pretende concienciar sobre la fragilidad del lince ibérico y la importancia de conservar sus hábitats. Colabora con reservas naturales y ONG locales, aportando contenido visual para campañas de restauración de corredores biológicos y programas de cría en cautividad que reintroducen ejemplares al territorio.
Con cada expedición, Alexandra aprende que fotografiar fauna es también aprender a convivir con ella. Sueña con ampliar sus proyectos a nuevas áreas de la Península, formar a fotógrafos emergentes en técnicas éticas y sostenibles y contribuir a un mapa visual que inspire políticas de conservación.
En su voz, la fotografía de fauna deja de ser un collage de imágenes para convertirse en un lenguaje de protección. El lince ibérico, con su mirada alerta y su elegancia discreta, sigue siendo la protagonista que recuerda por qué vale la pena cuidar los bosques y las sabanas que comparten este paisaje con nosotros.
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