
En una conversación que promete influir en las decisiones estratégicas de meses por venir, se repite una idea que muchos ejecutivos encuentran desafiante: ‘In the long term we don’t really see smart products as a segment at all.’ Aunque la frase aparece en inglés en un contexto de entrevista o nota, su significado es claro: las tecnologías hoy catalogadas como ‘smart’ tienden a dejar de ser un segmento aislado para convertirse en la capa inteligente de un ecosistema. Este cambio de óptica, a la vez sutil y radical, redefine cómo se diseñan, comercializan y sostienen los productos en un mercado cada vez más competitivo y exigente en cuanto a experiencia de usuario, datos y seguridad.
Si en el pasado la estrategia consistía en desarrollar un producto inteligente con características diferenciadoras y luego buscar un mercado para ese producto, la visión actual apunta a una plataforma: dispositivos que se conectan, que comparten datos de forma segura, que reciben actualizaciones y que se integran con software, servicios y socios de negocio. En este marco, la ventaja competitiva ya no reside en la especificación del gadget, sino en la facilidad con la que el usuario puede interactuar con un conjunto de dispositivos, aplicaciones y servicios de manera coherente.
Para las empresas, esto trae varias implicaciones prácticas:
– Diseño orientado a plataformas y ecosistemas: pensar en APIs abiertas, compatibilidad con estándares y opciones de integración para terceros.
– Infraestructura de datos y seguridad: invertir en arquitectura que permita recolectar, normalizar y proteger datos, sin sacrificar la confianza del usuario.
– Servicios y suscripción: monetizar a través de servicios de valor añadido, actualizaciones y soporte continuo en lugar de depender únicamente de ventas de hardware.
– Experiencia de usuario consistente: garantizar que la transición entre dispositivos sea fluida, con interfaces intuitivas y con un lenguaje de diseño unificado.
– Política de privacidad y gobernanza: claridad sobre qué datos se recogen, cómo se utilizan y con quién se comparten; ofrecer controles simples para el usuario.
Ejemplos de escenarios:
– Consumo: un hogar con múltiples dispositivos conectados que comparten una plataforma central debe poder activar escenarios personalizados (por ejemplo, ‘modo noche’ o ‘ahorro de energía’) sin fricciones, con actualizaciones que mejoren la experiencia sin requerir cambios de hardware.
– Industria: equipos industriales que aportan datos a una plataforma de analítica para optimizar mantenimiento predictivo, con interoperabilidad entre sensores y sistemas de gestión.
– Ciudades: soluciones de movilidad y sensores urbanos que trabajan a través de una red integrada, permitiendo que actores públicos y privados colaboren sin silos.
Conclusión: hacia una experiencia integrada
El enfoque que favorece las plataformas y la experiencia continua exige que las organizaciones repiensen su cartera de productos como componentes de un sistema mayor. El éxito no se medirá por cuántos dispositivos ‘inteligentes’ se venden por separado, sino por la capacidad de entregar valor sostenido, a través de actualizaciones, servicios, seguridad y una experiencia de usuario que funcione sin fisuras en todos los puntos de contacto. En este sentido, la afirmación inicial deja de ser una crítica para convertirse en un mapa estratégico: la frontera entre lo inteligente y lo cotidiano se desdibuja, y la verdadera innovación reside en la integración.
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