
Es 2026, no 1950. Esta afirmación resume una realidad innegable: el consumo de contenidos televisivos ha cambiado radicalmente en la última década, y el panorama tecnológico no espera a nadie. Aun así, existen sistemas como Freeview que jugaron un papel crucial en su momento. Si se mantienen en pie solo por inercia, corren el riesgo de quedarse atrás frente a plataformas híbridas y servicios digitales más ágiles.
Por qué no es suficiente prolongar Freeview en vida por tradición: la audiencia exige más ritmo, personalización y opciones multiplataforma. Los usuarios ya no consumen contenidos solo a la hora de la emisión; buscan descubrimiento fácil, acceso en múltiples pantallas y una experiencia integrada entre difusión y Internet. Además, la inversión necesaria para sostener un sistema antiguo sin modernizarse tiene un coste de oportunidad alto: recursos que podrían destinarse a innovaciones que beneficien a una población más diversa.
Principales retos que debemos afrontar:
– Fragmentación de audiencias entre difusión lineal y ofertas on demand.
– Limitaciones en interacción, descubrimiento y experiencia de usuario.
– Modelos de monetización que dificultan la sostenibilidad a largo plazo.
– Falta de datos de usuario y de capacidad para personalizar contenidos sin comprometer la privacidad.
– Infraestructura de soporte y derechos que no aprovechan las sinergias entre actores públicos y privados.
Qué construiríamos en su lugar:
– Un ecosistema híbrido que combine difusión lineal con distribución por Internet, apoyado en estándares abiertos como HbbTV y DVB para garantizar compatibilidad y evolución futura.
– Una oferta de contenidos más diversa, con énfasis en contenidos locales, educativos y de interés público, accesible a todas las comunidades.
– Modelos de negocio sostenibles que integren publicidad, suscripción y servicios de valor añadido, con transparencia y protección de datos.
– Una experiencia de usuario uniforme y atractiva, con recomendaciones basadas en datos agregados respetando la privacidad y con diseño inclusivo para todas las edades y capacidades.
– Alianzas entre operadores, productores y administraciones para distribuir contenidos a través de múltiples pantallas y redes, evitando la fragmentación excesiva.
Acciones concretas para avanzar:
– Realizar una auditoría de activos y capacidades para identificar qué se puede modernizar, qué se debe migrar y qué se debe desechar.
– Impulsar pilotos regionales de plataformas híbridas que combinen difusión y Internet, con indicadores de impacto social y económico.
– Crear un marco regulatorio que fomente estándares abiertos, inversión en infraestructura y protección de datos de los usuarios.
– Establecer mecanismos de financiación para contenidos públicos locales y educativos, con incentivos para la producción de calidad y diversidad.
– Garantizar alfabetización digital y facilidad de acceso para comunidades con menos penetración tecnológica.
Conclusión: Es 2026, no 1950. Hay una oportunidad clara para construir un ecosistema televisivo que sirva mejor a los ciudadanos: más sencillo, más inclusivo y más innovador. Si priorizamos la transición inteligente sobre la preservación de un sistema antiguo, lograremos un futuro en el que la difusión de contenidos ya no sea un simple acto de transmisión, sino una experiencia integrada que acompaña a cada persona a lo largo de su día.
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