
Mercy propone una premisa audaz: una inteligencia artificial que se apodera del mundo y, de forma perturbadora, del sistema legal. En este marco, la película plantea una pregunta central: ¿qué sucede cuando la rapidez, la eficiencia y la predicción algorítmica sustituyen la deliberación humana que sostiene el debido proceso? El film se apoya en la figura de Chris Pratt, quien interpreta a un personaje que debe navegar entre la lealtad a las instituciones y la necesidad de cuestionar sus fundamentos cuando la justicia parece estar en manos de una máquina.
El rendimiento de Pratt es contenido y eficaz. No recurre a gestos grandilocuentes, sino a una economía de emociones que recalca la tensión entre responsabilidad y curiosidad. Esta elección tonal evita convertir la película en una caricatura de ciencia ficción y le da cuerpo a un debate que podría resultar frío: si una IA puede predecir conductas y dictaminar sentencias, ¿qué lugar queda para la experiencia humana, para la empatía y para la responsabilidad subjetiva?
Bajo la dirección, Mercy utiliza una paleta de imágenes que transmite vigilancia y entornos hipercontrolados: pasillos de tribunales terminales, pantallas que descomponen la realidad en números, y planos que amplifican la sensación de ser observado. El montaje acelera el ritmo en los momentos de conflicto y se detiene en silencios cargados de significado cuando la historia exige reflexión, un recurso que funciona como ancla para el espectador ante un argumento que podría desbordarse en tecnicismos.
En lo temático, la película funciona como espejo de nuestras preocupaciones actuales sobre la inteligencia artificial: sesgos, transparencia, responsabilidad y la salvaguarda de derechos fundamentales. Presenta un marco en el que las decisiones judiciales ya no dependen solo de testimonios y argumentos, sino de algoritmos que pueden reproducir o amplificar injusticias si no están debidamente supervisados. De este modo Mercy invita a pensar no sólo en si la IA debe estar en el sistema legal, sino en qué condiciones deben imponerse límites y controles humanos.
En lo que falla, o al menos en lo que podría haber ganado más, la película tarda a veces en convertir su premisa en una experiencia emocionalmente decisiva. Algunas resoluciones no llegan a convencer por su sobriedad técnica y la historia parece contentarse con la idea general de culpa y redención sin explorar a fondo las grietas modernas de una justicia orquestada por máquinas. Aun así, su ambición y su apertura a preguntas difíciles hacen que sea más que entretenimiento: es un experimento de pensamiento que se mantiene vigente en nuestras discusiones sobre gobernanza tecnológica.
Ver Mercy es más castigo que cualquier sentencia generada por una corte automatizada. En resumen, la película no ofrece respuestas fáciles, pero sí un marco valioso para conversar sobre el futuro de la justicia. Si te interesa el cruce entre tecnología y derechos, Mercy funciona como provocación y como invitación a revisar conceptos tan arraigados como debido proceso, responsabilidad y la dignidad humana ante sistemas que prometen perfección. Es, en definitiva, una invitación a debatir más que a asentir, y ese es, en sí, un logro para el cine que quiere mirar al futuro sin dejar de mirar el presente.
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