
El CISO moderno ya no es solo el guardián de la seguridad de la información. Es un socio estratégico que escucha, traduce riesgos y prepara a la organización para navegar un entorno tecnológico en constante cambio. Su influencia se extiende más allá del equipo de TI y alcanza a la mesa directiva, porque la seguridad ya no es un costo aislado sino un motor de resiliencia, innovación y crecimiento sostenible.
Esta expansión del rol responde a tres tendencias clave: la integración de la ciberseguridad en la estrategia del negocio, la proximidad con las decisiones financieras y operativas, y la creciente responsabilidad ante regulaciones, clientes y socios. Cuando el CISO participa desde la formulación de la estrategia, la protección de activos ya no es una reacción a incidentes, sino una palanca para reducir riesgos para la empresa completa.
Sin embargo, ese impulso no viene sin costo. El cargo se ha vuelto más complejo y exigente. El volumen y la variedad de amenazas siguen aumentando, los presupuestos de seguridad compiten con otras prioridades estratégicas, y la necesidad de demostrar valor tangible exige un lenguaje claro y medible. A esto se suma la presión de la cadena de suministro, las normativas de privacidad y las exigencias de transparencia ante el consejo y los reguladores. En resumen, el trabajo es cada vez más estratégico, más visible y, a la vez, más exigente.
Con el CEO y la junta, el CISO debe traducir el riesgo tecnológico en decisiones de negocio y en escenarios de resiliencia financiera. Esto implica presentar tormentas de riesgo, impactos en ingresos y costos de mitigación en términos comprensibles para una audiencia ejecutiva. Con el CFO, el enfoque está en traducir el riesgo en presupuesto y retorno de la inversión, priorizar inversiones con base en impacto económico y medir el valor generado por las iniciativas de seguridad. Con el COO, la prioridad es la continuidad de operaciones, la resiliencia de la cadena de suministro y la seguridad de procesos críticos a nivel operativo. Con el CIO y el CTO, el CISO colabora para diseñar arquitecturas seguras, migraciones a la nube y prácticas de DevSecOps que reduzcan fricciones y aumenten la velocidad de entrega.
Con el CHRO, la seguridad se convierte en una competencia cultural. La formación, el compromiso de los empleados y una cultura de reporte de incidentes deben integrarse en el día a día. Con el GC, el asesoramiento jurídico es clave para cumplir normativas de privacidad y gobernanza de datos, gestionar contratos de terceros y anticipar riesgos legales. En conjunto, estas colaboraciones permiten que la seguridad no sea una función aislada, sino una responsabilidad compartida que se integra en la toma de decisiones a todos los niveles.
Para afrontar estos desafíos, el CISO debe liderar con claridad y construir puentes. Algunas prácticas efectivas incluyen: priorizar iniciativas con base en riesgo e impacto económico, estableciendo un lenguaje común que toda la junta entienda; crear un marco de gobernanza de riesgos que conecte estrategia, operaciones y cumplimiento; y reportar de forma regular indicadores que conecten la seguridad con el rendimiento del negocio. Entre las métricas recomendadas se encuentran el costo de la seguridad por unidad de valor, el tiempo medio de detección y respuesta, la tasa de cumplimiento en proveedores críticos y la reducción del riesgo residual tras cada iniciativa.
Otra pieza clave es invertir en capacidades de resiliencia y en la gestión de proveedores. Esto implica ejercicios de continuidad, pruebas de penetración y revisión continua de terceros para reducir la exposición de la organización ante riesgos externos. También es esencial fomentar una cultura de seguridad que empodere a los empleados para actuar como defensas y no como meros receptores de políticas.
En resumen, el rol del CISO evoluciona para convertirse en un catalizador de valor para la empresa. La capacidad de colaborar con otros ejecutivos, traducir riesgo en decisiones y demostrar impacto tangible define el éxito en un contexto donde la amenaza es constante y la necesidad de agilidad es imprescindible. La seguridad ya no es solo una disciplina tecnológica; es una ventaja competitiva que protege activos, reputación y futuro de la organización.
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