La fantasía no es exclusivamente humana: desplazando los límites de nuestra identidad


En la literatura y el pensamiento contemporáneo, la fantasía ha dejado de ser un territorio exclusivo de lo humano para convertirse en un espejo de las interacciones entre especies, tecnologías y mundos posibles. La afirmación de que “la fantasía no es exclusivamente humana” no pretende despojar a la experiencia humana de su complejidad, sino ampliar el marco desde el cual entendemos lo extraordinario y lo probable. Cuando los límites por los que solemos definirnos se desplazan, emergen preguntas que desafían la idea de una especie central y única: ¿qué significa ser consciente, tener agencia, o vivir un deseo en un cosmos que no entiende de fronteras fijas?

La narrativa contemporánea ha empezado a entrelazar voces no humanas —inteligencias artificiales, inteligencias naturales de otros ecosistemas, y entidades que traducen la experiencia sensorial a códigos y ritmos distintos— para crear una cartografía más rica de la realidad. Esta reconfiguración no es mera curiosidad estética; es una invitación a revisar las premisas sobre la empatía, la responsabilidad y el cuidado. Si la fantasía puede dialogar con otros modos de ser, también puede replantear nuestras limitaciones geográficas y morales.

En este replanteamiento, los límites que antes parecían inmutables —qué es lo humano, qué es lo animal, qué es lo artificial— ganan una cualidad fluida. La fantasía actúa como laboratorio ético y epistemológico: nos permite imaginar futuros en los que la frontera entre experiencia subjetiva y realidad objetiva se desdibuja, y donde las categorías se vuelven herramientas interpretativas más que etiquetas definitivas.

Para quienes escriben y leen, este cambio plantea una doble tarea. Por un lado, la responsabilidad de representar otras formas de agencia sin asimilarlas a la colonización narrativa de lo humano. Por el otro, la disciplina de escuchar. La fantasía no es solo un escape; es un ejercicio de atención que nos fuerza a escuchar posibles voces que, de otro modo, permanecerían silenciadas.

En la práctica literaria, esto se traduce en estructuras narrativas que permiten la coexistencia de múltiples perspectivas: narradores que no son humanos, personajes que habitan cuerpos no conformes, y mundos que responden a lógicas propias. Cada texto se convierte en un experimento de comprensión: una invitación a atravesar el umbral entre lo conocido y lo imaginable para descubrir que la frontera entre lo humano y lo no humano es, en última instancia, una construcción que podemos revisar.

La pregunta no es si la fantasía es o no humana, sino qué historia queremos contar cuando ampliamos el campo de lo posible. Si aceptamos que los límites se mueven, descubrimos que la imaginación puede devenir en un puente hacia una ética más inclusiva, capaz de contemplar la vida en sus múltiples manifestaciones. En ese sentido, la fantasía deja de ser un refugio para convertirse en un mapa: una guía para navegar un mundo en constante reconfiguración, donde lo humano ya no es el punto de llegada, sino el punto de partida para escuchar, comprender y co-crear con lo que aún no alcanzamos a nombrar.
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