Resignificando la IA desde el trabajo de las madres buscadoras: una lectura desde la UNAM


En la columna de hoy se aborda un cruce entre tecnología y acción comunitaria que pone a prueba la idea de que la inteligencia artificial es un dominio exclusivo de especialistas. El estudio encabezado por Luis Josué Lugo Sánchez, investigador del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la UNAM y publicado en la revista Inter Disciplina, analiza un fenómeno que merece atención: cómo estas madres buscadoras han resignificado la IA para convertirla en una herramienta al servicio de la memoria, la coordinación y la esperanza.

Según este análisis, la figura de la madre buscadora no solo opera en el plano emocional, sino que también actúa como usuaria crítica de tecnologías. En lugar de aceptar la IA como un sistema cerrado, estas mujeres la recontextualizan a partir de sus experiencias en el terreno: en ellas, la IA se transforma en un puente entre la memoria colectiva y la acción concreta de búsqueda. Este proceso de resignificación no niega las limitaciones técnicas de los algoritmos; al contrario, las expone y las sitúa dentro de un marco de responsabilidad, cuidado y cooperación comunitaria.

Cómo resignifican la IA estas madres buscadoras puede verse en varias dimensiones clave. En primer lugar, la IA se redefine como una herramienta de coordinación y visualización de información: rutas de búsqueda, zonas prioritarias, patrones de avistamientos y señalamientos de incidentes se convierten en datos que pueden ser organizados y compartidos entre colectivos con un objetivo común. En segundo lugar, se valora su capacidad para ampliar la memoria situacional: los datos recogidos en cada jaqueo de búsqueda se acumulan para informar decisiones futuras, sin sustituir el juicio humano, sino afinándolo a partir de indicios y experiencias de campo.

El estudio subraya también que la resignificación de la IA se expresa en el diseño y uso de herramientas más simples y accesibles. Interfaces que funcionan con conectividad intermitente, procesos que no requieren capacitación técnica avanzada y mecanismos de retroalimentación que permiten a las madres buscar y validar información de manera rápida y segura suelen convertirse en condiciones indispensables para la eficacia de la búsqueda. Esa sencillez técnica no es un descuido de la complejidad algorítmica, sino una apuesta por la utilidad real en contextos donde el tiempo y la memoria de la comunidad son recursos centrales.

Otra dimensión relevante es la ética y la gobernanza de los datos. El estudio enfatiza que la resignificación de la IA en este caso está acompañada de un profundo sentido de propiedad de la información: qué datos se comparten, con quién, y con qué finalidades. La agencia de las propias familias y comunidades debe estar en el centro de cualquier herramienta tecnológica, lo que implica transparencia, consentimiento informado y control local sobre los datos. En este marco, la IA no funciona como un observador distante, sino como un aliado que actúa bajo principios de cuidado, seguridad y dignidad para las personas afectadas.

No es casualidad que Lugo Sánchez señale las tensiones existentes entre la promesa de la IA y las realidades del terreno. El estudio advierte que, si se implementa sin comprender las dinámicas sociales y las prácticas de campo, la tecnología puede fragmentar esfuerzos o generar dependencia de soluciones externalizadas. Por ello, propone un enfoque de co-diseño y revisión continua, donde las madres buscadoras participen desde el inicio en la definición de objetivos, en la selección de herramientas y en la evaluación de resultados.

Las lecciones que emergen de este trabajo son contundentes para la investigación, la política pública y la práctica tecnológica. Primero, la interdisciplinariedad no es un lujo, sino una necesidad para entender cómo la IA se entrelaza con valores humanos como la memoria, la solidaridad y la justicia. Segundo, las herramientas deben ajustarse a las condiciones de quienes las usan: simplicidad, confiabilidad, accesibilidad y capacidad de adaptación a contextos con conectividad variable. Tercero, la ética de datos debe ir acompañada de mecanismos de rendición de cuentas y de derechos claros para las comunidades afectadas.

En términos más amplios, la lectura que propone Lugo Sánchez invita a repensar la IA como un instrumento humano: una tecnología que, cuando es diseñada y gestionada con participación comunitaria, puede ampliar la agencia de las personas y fortalecer la respuesta colectiva ante la desaparición. La columna de reflexión que propone este estudio deja en claro que la verdadera innovación tecnológica no está solo en la complejidad de los algoritmos, sino en la capacidad de las comunidades para convertir esas herramientas en vectores de cuidado, memoria y acción.

En síntesis, las madres buscadoras, a través de su experiencia y de la interpretación crítica de la IA, muestran un camino de resignificación que invita a la academia, a las instituciones y a la industria a construir tecnologías más humanas, dialogantes y responsables. Un llamado a imaginar la IA no solo como un motor de eficiencia, sino como un facilitador de apoyo comunitario, respeto y dignidad para quienes enfrentan la desaparición de un ser querido.
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