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Omar Florez, PhD, no nació en la cúpula de la IA, sino en Arequipa, entre clases y bibliotecas. Sus primeros años estuvieron marcados por un aprendizaje práctico: fotocopiar páginas, reconstruir conceptos y convertir la curiosidad en métodos de estudio. Esa disciplina de fondo, la paciencia para iterar, la humildad para preguntar y la capacidad para medir resultados, serían la base de una trayectoria que conectaría lo local con lo global.
Con el tiempo, esa curiosidad se transformó en una vocación: comprender cómo el lenguaje, la lógica y los datos pueden transformar industrias y democracias informacionales. Tras obtener un PhD en Ciencias de la Computación, Omar se sumergió en proyectos de alto impacto que combinaban teoría y aplicación, y que exigían tanto profundidad técnica como capacidad de coordinación con equipos multidisciplinarios.
Sus años en los laboratorios de Intel y, posteriormente, en las entrañas de Twitter, le permitieron entender dos caras de la misma moneda: la potencia de la IA para resolver problemas reales y los riesgos que burocratizan el acceso, la seguridad y la equidad. En Intel, aprendió a convertir ideas en infraestructuras, optimizar modelos para hardware limitado y gestionar ciclos de innovación que saltan entre prototipos y productos. En Twitter, vivió la velocidad de los datos a gran escala, la necesidad de priorizar la seguridad y la privacidad, y la complejidad de evaluar modelos en contextos dinámicos y multilingües.
Estas experiencias llevaron a Omar a abrazar una visión pragmática de la IA: entender que la inteligencia artificial es poder, sí, pero poder con responsabilidad. El pre-entrenamiento no es solo una cuestión técnica; es una decisión estratégica que define qué comunidades pueden participar, qué sesgos deben mitigarse, y qué estándares de ética se deben sostener a lo largo de un ciclo de vida del modelo. En ese marco, LatamGPT no es un simple experimento regional: es un intento de colocar a las comunidades latinoamericanas en el mapa de la IA de alto rendimiento, garantizando representatividad, seguridad y puestos de trabajo de calidad.
Liderar el pre-entrenamiento de LatamGPT significó diseñar una hoja de ruta que equilibrara ambición y responsabilidad: construir equipos diversos, definir métricas de evaluación que valoren el contexto local, estructurar flujos de datos con salvaguardas de privacidad y gobernanza, y establecer alianzas con universidades, laboratorios y reguladores para acelerar la adopción responsable de la tecnología. También implicó comunicar las metas y los límites de la IA a públicos no técnicos, para que la región pueda entender, participar y beneficiarse de cada avance.
El resultado es más que un modelo: es un catalizador para la investigación, la industria y la política pública en LatamGPT. Los próximos años traerán desafíos en escala, sesgos y seguridad, pero también oportunidades para que comunidades diversas lideren la innovación en IA, proporcionando herramientas que mejoren la educación, el comercio, la salud y la gobernanza. Omar Florez, PhD, recuerda que el camino empezó en Arequipa, pero su legado se mide por la capacidad de LatamGPT para construir, cuestionar y crecer con responsabilidad.
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