Desde diciembre, Mónica (nombre ficticio), una colombiana de 56 años, ha estado haciendo maravillas en su trabajo como cuidadora. Ella cuida a una mujer que está cerca de cumplir cien años, y en este tiempo ha aplicado diversas técnicas para frenar el deterioro mental de su paciente. Intercala ejercicios de estimulación cognitiva con tareas del hogar, algo que es parte de su contrato como cuidadora y empleada doméstica. Pero para Mónica, esto va más allá de un simple trabajo; es una labor llena de corazón.
Ella está convencida de que la anciana “se merece lo mejor” y que su bienestar es una prioridad absoluta. Pero no solo encuentra satisfacción en ayudar a su paciente, sino que también ha descubierto un refugio en esta labor. Tras haber trabajado durante 17 años como psicóloga, especializada en la atención de víctimas del conflicto armado en su país, Mónica anhela volver a una actividad más relacionada con su formación. Sin embargo, no ha sido fácil. Finding a job aligned with her training is incredibly difficult.
Después de escribir a muchas organizaciones del área social y no recibir respuesta favorable, fue un anuncio para cuidar a una anciana lo que finalmente le dio la oportunidad que buscaba. “Ese fue el único anuncio por el que me llamaron”, confiesa con un matiz de resignación pero también de esperanza. A través de esta experiencia, Mónica no solo está ayudando a otra persona, sino que también encuentra un propósito y una forma de contribuir a la sociedad.
Es un recordatorio hermoso de que el cuidado y la compasión pueden surgir en los lugares más inesperados. El trabajo de Mónica resalta la importancia de valorar a quienes dedican su tiempo a cuidar de los demás, y cómo estos vínculos pueden enriquecer nuestras vidas.
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